jueves, 1 de mayo de 2014

Último poema del alma árida

El día cero  estalla  con sus  horas huecas en chispas litúrgicas
-de la soledad -de la oquedad -del tedio de las procesiones   
hasta llegar a la sensibilidad marchita que los años imponen 
y sentir el fondo de las cosas
el arte cultural de un pueblo callado.

Pero  que cada objeto apreciado por la edad  tuviera la forma hueca de un ataúd
donde nuestras manos a tientas, creen revivir el alma de las cosas
la madera húmeda, fría, despierta una sensación de entierro
y así con cada nueva cosa. 
Se formaran panteones de nuestras manos asesinas.    

la  vida es una hora  alta del día que acaba 
y a cada instante el aire empuja la puerta
como queriendo encerrarnos 
y al mismo tiempo 
ese viento que se interna -nos recuerda-
la libertad de los cielos y los caminos nunca antes vistos
la claridad afuera en donde dicen se despeja la mente

Pero se cierra la puerta por fin y entreabre la seguridad en nosotros mismos.  ( en un día de  tranquilidad) descanso de la conciencia, y de los otros.   
aun quedó dentro 
el mismo aire frió de la tarde gris
gris  como la tierra erosionada por banquetas llenas de mierda  
desgastada como el sentir mismo 
de todos los  días.  Copias de las que se hace la vida 

menos atrás un grupo se enamora de una Revista 
de una portada, la misma  
la misma idea, 
no quieren nada realmente, no tiene un deseo verdadero, 
solo idolatran la imagen y sus propias perversiones  

misteriosamente no hay libertad en ese hermosos instante 

y el otro instante en el que miramos todos distintas paginas

se fue congelando y reduciendo,
en un nombre 
sin cuerpo,

y lo que digo ahora no le importará siquiera,

menos a mi.  




  

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