viernes, 2 de mayo de 2014

Exégesis

-La tierra devastada- 

Pero cuando regresamos, tarde, del jardín de los jacintos,
llevándome, tú, de la mano, tú con brazados de flores y el pelo húmedo,

no pude hablar, mis ojos se empañaron, no estaba
ni vivo ni muerto, y no sabía nada,
mirando el silencio dentro de mi corazón,

pensé que no debía verte más,


acércate a lo que soy
voy a enseñarte algo diferente
de tu sombra que marcha a largos pasos contigo en la mañana,
o de tu sombra, que va al ocaso para ir a tu encuentro;
Voy a enseñarte lo que es el miedo en un puñado de polvo.


estas palabras yermas, más tarde 

A la hora de color violeta
a esa hora  que nos conduce
para tomar el té de la tarde, recoge las sobras del desayuno, calienta
La estufa y prepara su comida a base de conservas.
Fuera de la ventana, puestas peligrosamente a secar, cuelgan
Sus prendas íntimas, manoseadas por los últimos rayos del sol.
Sobre el sofá 
 se amontonan
chambras y sostenes.

Vi la escena y predije lo demás.-

La hora es favorable, y tal como se figurara,
La cena ha terminado, ella está aburrida y cansada,
Él trata de envolverla con caricias
Que, si bien consentidas, no son deseadas,
Animoso y resuelto, él la asalta sin demora;
Sus manos acuciosas no encuentran resistencia alguna,
Su vanidad no necesita respuesta,
Y hasta recibe con agrado tal indiferencia.
Y yo, he permitido todo
Lo que ocurriera en este mismo sofá 
Yo, que estuve sentado bajo los muros del templo
Y anduve entre lo más bajo de los muertos

Y este  río suda 
Aceite y brea  

Yo deseara lo contrario 
contamine poemas con palabras llanas 

fuera de contexto... siempre 

la hora se arrepiente  

Estoy nervioso esta noche. 

Muy nervioso.       Quédate conmigo.
Háblame.        ¿Por qué nunca hablas?    Habla.
¿En qué piensas?        ¿Qué piensas?        ¿Qué?
         Nunca sé en qué piensas.        Piensas.

Creo que nos hallamos en la calle de las ratas
donde los muertos perdieron sus huesos.

La calle de esquina litosfera de muros 
 de baldosas 

«¿Qué ruido es ese?»
  El viento bajo la puerta. arrasa el espíritu 
«¿Qué ruido es ese ahora?           ¿Qué hace el viento afuera?»
  Nada, como siempre. Nada.
      «¿No
sabes nada? ¿No ves nada? ¿No
te acuerdas
de nada?»

Recuerdo
que esas perlas plásticas  fueron sus ojos.
«¿Estás viva o no? ¿No hay nada en tu cabeza?»
      Pero
O O O  ese aire shakespeaheriano: y el toque primaveral 

de tu cabello y tu mirada kantiana
es tan elegante
     tan inteligente.


«¿Qué haré ahora?            ¿Qué haré?
¿Salir tal como estoy y andar por la calle
                así sin peinar?                          ¿Qué haremos mañana?
                                                                                                       - {[¿Qué haremos siempre? )]} »


 Agua caliente a las diez, de flores que hirvieron bajo el sol,
menos que nada
una muchedumbre litúrgica, fluía sobre el puente ¡eran tantos!
Nunca hubiera yo creído que la muerte se llevara a tantos.
Exhalaban cortos y rápidos suspiros de procesión 
y cada hombre clavaba su mirada delante de sus pies


Pero siempre 
Al resplandor del fuego, bajo el cepillo, tus cabellos
se cruzaron en puntos ígneos,
brillaron en palabras y se aquietaron salvajemente.

La efervescente oleada rompió en las dos orillas y 
nuevamente una frontera nos separo.
Nada puedo asociar
con nada.
No dije nada, ¿Por qué habría de tomárselo a mal?

Ahora bien, de qué está hecho ese surgir de aves 
que hay entre la noche y el tiempo, como una barranca húmeda?

Ese sonido ya tan largo
que cae listando de piedras los caminos,
más bien, cuando sólo una hora
crece de improviso, extendiéndose sin tregua 
hasta ahogar los sentidos mudos
Anhelando tan viva vivamente
Anhelando muy vivamente
prosigue indetenible

-El galope muerto de las emociones-

Como cenizas, como mares poblándose,
en la sumergida lentitud, en lo informe,

idos de aquí sombras que engañan
 a mis sentidos muertos
teniendo ese sonido,
confuso,  haciéndose polvo
en el mismo molino de las formas, demasiado lejos,
trituradas o recordadas o no vistas,
pudren  el tiempo, infinitamente fugases.
Como cenizas, como mares poblándose
Aquello todo tan rápido, tan viviente.

tan levemente cierto, entrevista desnuda 
de las calles arremolinadas 
y las paredes derruidas, arrancadas, 
  Qué contenido, el de esta casa encantada,
me da muertes de azogue, y obtura
con plomo desde sus tomas
a la seca actualidad. Dame miedo, terror.

arrancar las sintácticas hojas 
del hielo permanente en la palabras 
como abejas muertas o números,
ay, lo que mi corazón pálido no puede abarcar,
en multitudes, en lágrimas saliendo apenas,
y esfuerzos humanos, tormentas,
acciones negras descubiertas de repente
desorden vasto,
oceánico, para mí que entro cantando
como una espada entre los indefensos.

A lo que surge vestido de cadenas y claveles,
Yo sueño, -sobrellevando mis vestigios morales-

Nada hay de precipitado, ni de alegre, ni de forma orgullosa,
Todo aparece haciéndose con evidente pobreza,
la luz de la tierra sale de sus párpados
no como la campanada, sino más bien como las lágrimas:
el tejido del día, su lienzo débil,
sirve para una venda de enfermos, sirve para hacer señas
en una despedida, detrás de la ausencia;
es el color que sólo quiere reemplazar,
cubrir, tragar, vencer, hacer distancias.

Estoy solo entre materias desvencijadas,
la lluvia cae sobre mí, y se me parece,
se me parece con su desvarío, solitaria en el mundo muerto












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