Habrá que definir primero la noción de mal, de pureza, eso hubiese
creído, pero en todo caso es inútil, trabajaremos entonces con una idea arbitraria,
igualmente no intento justificar mis acciones o mejor dicho ya no intentare más
justificarlas, puesto que casi siempre lo consigo.
Supuesto lo anterior, reconozco en este suburbio la
existencia empírica de "demonios", personas que han vivido en los
excesos, en el placer, y que han querido acabar con sus vidas en un solo golpe
de vanidad, en una impulsiva entrega a la muerte, están sedientos de vida, son
asquerosos y ruines, posen una miseria interna, ya no tienen ni emociones ni
sueños, ¿y será que alguna vez los tuvieron?, son un cuerpo vació sin espíritu,
solo carne que se pudre, se alimentan
del amor, de la sinceridad, de la inocencia, de lo imponderable, abren profundas
heridas en las personas y las desgarran, como sorbiendo almas enteras, las
mastican y vomitan, insaciables rondan indiferentes en busca de víctimas.
Los he visto anclados en el pasado, desde el inicio de mi
existencia, los he visto dentro de mí, carcomer mi espíritu y respirar mis
ilusiones como un incienso bendito, he
intentado describirlos y reconocerlos, es complicado decidir quienes son
demonios y quienes no, las razones son múltiples y se entrelazan con problemas
del conocimiento y otras generalidades que ya antes he estudiado.
Las consecuencias de nuestros actos, y todo el conjunto de
eventos que de ellos se originen no están determinadas, al menos no a largo
plazo, quizá exista una aproximación estadística, quiero centrarme en el
sentido no determinista y azaroso del devenir de las acciones, será por esto quizá
que las morales solo jueguen con las
consecuencias inmediatas para calificar algo de bueno o malo, las consecuencias
a largo plazo pasarían a ser consecuencias
que se realizan de manera inconsciente.
He dicho antes que no intentaría justificar, mis actos,
catalogándolos de buenos o correctos, pero ya no me interesa en realidad saber
si lo que hago es bueno, más generalmente intento saber si lo que hago es bueno
o malo, e independientemente de ello es decir su naturaleza yo continuaré,
claro que sí uso alguna razón para justificar
mis actos, será una inmediata, casi impulsiva, aquella de la que sus
consecuencias sean previsibles inmediatamente, aunque quizá oculte un mal más
profundo y desentrañable solo por el tiempo y las nuevas visiones de la
realidad y la moral, perceptible digamos solo por una mejor y más aproximada
visión futurista de lo que es el bien y el mal, claro eso si suponemos que existe una
tendencia de las morales por acercarse a la noción del verdadero bien y mal, aunque tal vez sea incorrecto mezclar bien y verdad, pero cualquiera que sea el
caso, mis actos tendrán cierto sentido o estarán calificados por mi mente
de cierta manera, pero intentare omitir estas consideraciones subjetivas y las
otra generales para proceder de un modo
distinto, que no busca justificarse en la verdad o generalidad, pero tampoco en la
percepción individual, actuaré como una institución u organización intangible
que castiga, y más que eso, o en otro sentido, redimensionare la frialdad de la
institución, debo olvidarme de aquello que impulsa mis actos, en primer lugar,
y así apartarme de la naturaleza que pueda arrastrarme a convertirme en un
demonio de la mala sociedad, es decir intento acabar con ese mal porque lo
reconozco en mi interior, como un deseo que debo reprimir, pero entonces yo no
tendría la autoridad para sancionar, y resulta que en mi tiempo para resolver ese tipo de conflictos, se ha construido una divinidad pura, que puede juzgar y castigar, (un dios) pero dada su inalcanzable pureza es inexistente, y el orden buscado por su moral lo alcanza siempre
en otro mundo, uno ideal, ya sea el cielo , con el karma.
A través de la represión de mis deseos puedo distinguirme de los demonios, pero mi condición humana, hace de la cacería de los demonios una actividad estéril, donde yo mismo he terminado por destruirme, es decir siempre se ha de fracasar pues eso que nos separa de la divinidad, nos hace a todos demonios, el hecho de ser hombres, en ese caso, aquellas partes de mi ser oscuro que no pueda reprimir, las liberaré pero serán saciadas con sangre impura de los mismos demonios, ante todo esto podemos percatarnos de que no hay bien que defender, sino el nuestro propio, no hay inocencia o pureza que respalde una defensa legitima, no hay bien que rescatar, no hay un bien general ni subjetivo, solo un bien contradictorio, puede ser visto como aquellos demonios que sienten culpa, y se detienen y no actúan y son devorados, ese impulso no natural, el mundo artificial de las ideas que pudiera ser lo que los guíe, será el bien un ideal, vacío, abstracto, sin contenido ni sentido.
A través de la represión de mis deseos puedo distinguirme de los demonios, pero mi condición humana, hace de la cacería de los demonios una actividad estéril, donde yo mismo he terminado por destruirme, es decir siempre se ha de fracasar pues eso que nos separa de la divinidad, nos hace a todos demonios, el hecho de ser hombres, en ese caso, aquellas partes de mi ser oscuro que no pueda reprimir, las liberaré pero serán saciadas con sangre impura de los mismos demonios, ante todo esto podemos percatarnos de que no hay bien que defender, sino el nuestro propio, no hay inocencia o pureza que respalde una defensa legitima, no hay bien que rescatar, no hay un bien general ni subjetivo, solo un bien contradictorio, puede ser visto como aquellos demonios que sienten culpa, y se detienen y no actúan y son devorados, ese impulso no natural, el mundo artificial de las ideas que pudiera ser lo que los guíe, será el bien un ideal, vacío, abstracto, sin contenido ni sentido.
Esta misma ausencia de pureza es lo que mantiene hambrientos
a los demonios, que permanecen alimentándose entre ellos mismo, caníbales que
detestan su propia podrida carne, están siempre anhelando, un rayo de pureza,
un poco del frescor y brillo del bien, los demonios tienen pasiones más que
ideales, las ideas la estructura lógica se les escapa de las manos, hacen
sangrar a la razón, esos son los demonios totales, que no tuvieron la
arbitraria presencia de las ideas puras, sino solo como anhelos, que dentro de
ellos habitan con la forma de emociones o sensaciones impulsivas, la sustancia
de los placeres y deseos que los guían.
Por ello aunque en un principio he dicho que no debieran tener ideales que los respalden,
los tienen si, como ya lo he descrito antes.
Toda esta palabrería se convierte entonces en un esfuerzo por diferenciarme de ellos,
por existir, como ellos mismo anhelarían, y si lo logro finalmente podré ser
otro, un demonio que no se alimente de la pureza, sino del espíritu vació de
otros demonios, y los erradique, ser en función de estos demonios, solo para
dejar de ser un demonio, si era sombra, ahora ser el cuerpo perseguido, busco
eras nubladas sin sombras, que nieguen de donde provengo, o más bien cubiertas
todas ellas de sombra, (acabar con la pureza) y volver a ser indistinguible, un
mundo solo de bien o de mal, de nuevo imposible, con el lenguaje como arma, y
cruz, contradicción, contradicción, separar desarraigar al otro y mil y un
palabras que despedacen mi forma inicial que cambia al objeto descrito, y ya
cubierto de interpretaciones, siendo en el fondo nota vacía, cubierta de
abismos lingüísticos, proceder sin fundamento, como la humanidad toda en la que me respaldo.
Aterrizo ahora en la particularidad de mi época y este
presente de imágenes móviles, que asedian, que se pierden como sesgando el todo
de nuestra consciencia, transcurriendo y cayendo quien sabe en qué abismos,
presente guillotina, filosa geometría de espacio y tiempo que aprisiona en el
porvenir mínimo, torrente sanguíneo hacia un rincón de la perspectiva que se
cierra por el peso de la lejanía, muerte, aun cuando apenas nos refugiamos en algunas estancias de
lo que se llama memoria, y no son, no existen, existieron, somos ellas, nos
determinan, de nuevo cayendo en lo insostenible, del presente, del instante
carcomido, flotante en un largo y distante vació, infundamentado, como flotando
en la negrura del universo, en un globo aerostático entre estrellas que nos
desgarran, y de nuevo campos invisibles,
de preguntas sin respuestas, salivación de los astros estúpidos{ de nada de
todo de algo y todo lo contrario}, solo de posibilidades de lenguaje, que solo
intriga y de donde solo nacen sospechas de un mundo tangible y vivo, que no
fuera solo palabras, sino cuerpos detrás de ellas, palabras que ocultan algo
invisible para nosotros: otra palabra cada vez menos entendible, hasta que el
diccionario nos regresa a la palabra contraria, a la misma palabra, y no
hallamos cuerpo ni sustancia, ni finalmente
aceptamos esa naturaleza abstracta, vacía, del símbolo, ¡debe haber
materia y espíritu!, contenido. Pues lo sospechamos a diario frente esos ojos
que nos invitan a morir en el vértigo ácido del amor, rodeados de fuerzas
fantasmas, damos vueltas en un cuarto que pierde la forma y gritamos, y
vomitamos, caemos y nos arrastramos en el suelo frió, para recomenzar, estamos
seguros que todo eso la emoción, el vértigo, no fue una ilusión de la caída ni
de la rotación solitaria de los astros, si es, debe estar dentro, en nuestras
inalcanzables entrañas, en nuestra fría conciencia. Mejor poner aquello cada
vez más lejos, como un destino, como el sentido, como un dios que nos guié, si
estamos perdidos.
En esta existencia todos estamos conectados, y somos
independientes, estamos determinados por los otros, lo complicado es que aun
así empíricamente esta descrita nuestra individualidad, y la diferencia que nos distingue de los otros, hay
distinción y siempre relación, indistinguible que mantiene la cohesión, la
similitud, para no perdernos en soledad, y reconocernos a través del lenguaje,
somos todos siempre distintos y tenemos siempre un punto en común, pero ni igualdad
ni total diferencia, nunca lo conciso y extremo del lenguaje y sus palabras
concretas, somos lo que el puede solo describir indirectamente, " ni uno
ni otro" la aproximación de la palabra.
Palabra clave pronunciada en todo esto
Aquellos, y debieran ser pocos los que me conocen, saben que
usare, mi ojo derecho, para copiar las interpretaciones, plagiar los símbolos, y aunque retumbe mi
ataúd, destrozado, por mis detractores, el día de mi muerte, de la que no he de
regresar y aunque ni en la tierra mis se ideas han de quedar. Fijas en quien
sabe que otras mentes.
Total y corrupta
inmortalidad, nutrida de actos perecederos, copiar es ser aún más inexistente.
E incluso ser totalmente distinto es dejar de existir para los demás.
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