lunes, 5 de septiembre de 2016

Conexos en conexos.

Es difícil avanzar sobre esta miserable ciudad,  donde todos desconfían apenas de una sola mirada, nadie es capaz mirarse directamente a los ojos.
A los mexicanos les fue arrancado el vínculo más sagrado que alguna vez les unión; el lenguaje.
Con el tiempo olvidaron a comunicarse entre sí, las personas no son capaces de entenderse unos a otros, prefieren vivir distantes, pero aún así el vació de la soledad les asusta, presienten que el suelo donde caminan se hunde, y en cuanto el silencio o el tedio aborda su conciencia escarba profundos pozos, revelando tanta nadería y vació oculto en  cosas tan mínimas como la silla, las paredes, el espejo, el interior de la mirada, todo lo que nos rodea pierde el sustento. 
Para no caer en esas  oscuras fosas,  atan nudos a las personas que se encuentran entre ellos, tan frágiles y podridos que tienen que cambiar con los años, vínculos punzantes como la mentira, hieren cada mano y corazón que tocan, una ficción entreteje el fondo de cada vida,  pasajes polvorientos, torrentes incasables de máscaras interiores por donde apenas se asoman el enojo, la desesperación.

Vidas que nadie vive, ¿o es al revés?: al menos en mi pude reconocer toda ese vértigo,  una vida con un sentido tan perdidizo, quise traspasar los muros, la geometría de las palabras que me aprisionaba, lentamente los agudos vértices de sus vocales se encajaban en mi conciencia hasta dejarme inmóvil, nada puede contra la forma abstracta, ni el pensamiento la trasciende, el contenido se desangra por cada arista, y un matiz tan sangriento delinea los bordes de la libertad, la muerte está en cada oración, en el tono diacrítico que toman las palabras antes de ser un acto imprevisto, en el relieve que hay al pronunciar un solo nombre, tan ambiguo que se pierde las nubladas alturas de la memoria.


Iztacalco, en un kiosco olvidado, beben al anochecer un grupo de personas que pierden su sombra bajo caudales de follaje, el frio parece venir de la copa de los árboles, de las alturas, miro entre las ramas donde se asoma el cielo nocturno, la luna, el vació entre cada hoja. Y si un astro navega entre tanta oscuridad, como puede la conciencia perderse tan fácil entre estas calles, entre estas miradas, como puede la indiferencia formar un abismo aun más grande...           

No hay comentarios:

Publicar un comentario