miércoles, 7 de septiembre de 2016

Localidad desolada.

Un humor oscuro (provocado por un deseo sucio)  como las olas de un mar helado azotando la aparente dureza del basalto (el ascetismo pétreo, instaurado a fuerza volcánica de una buena conciencia).
Quien no se aborrece a sí mismo (con tan solo vivir en este mundo de vitrinas) mis expresiones me repugnan mi dentadura y mi piel, ( a ellos, el solo  pasearse entre los escaparates les hace felices)
Me molesta la inevitable eventualidad, a la que estoy atado.
Aunque lo olvide por momentos, regresa cada que mi motivación desaparezca, efímera como el sabor de un caramelo que se derrite en la boca, como cualquier exquisito alimento  que masticamos hasta formar una desagradable masa, no hay mejor abstracción del placer, que un desecho humano corriendo por el escusado (todos los días bajo la calle, el soporte de la sociedad). 

Camino para hacer turismo de un barrio más bien monótono, por sus casas raídas contrastando con sus colores pastel, bajo un calor agobiante, ya hay tan escasas vecindades húmedas y con patios enmohecidos, muros cubiertos por el salitre, laminas oxidadas y vidrios tiznados por el sol, casas abandonadas, polvorientas ventanas hacia el interior oscuro y amontonado de objetos desvencijados, donde entra una débil luz blanquecina para nublar todo el espacio.
Ni en el sepulcro habrá tanta tranquilidad, mejor los cementerios abandonados, donde crecen cruces, donde los símbolos de alguna filosofía marcan la hora de la muerte.        

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