lunes, 18 de abril de 2011

VIaje

Recorro las esqueléticas estaciones de hierro en San Lázaro,camino bajo la enorme cúpula que atraviesa un tren por lo alto, el cielo frio y nublado, irradia una lívida luz que entra distorsionada por los espesos bloques de cristal en las ventanas, mis pasos provocan un eco escandaloso y continuo, no hay nadie en la estación esa mañana, solo sombras que doblan la esquina, subo y llego hasta los andenes, desde la cima puedo ver a la ciudad casi inmóvil, algunos sonidos la delatan viva, abajo un auto fugas que cruza la avenida, los círculos eólicos en los techos de las fabricas que respiran, el sol apenas se levanta y llega el tren eléctrico, abordo el último vagón, por la ventana miro a la ciudad ir cediendo al movimiento , la línea B es larga y recorre un circuito cada vez más desierto, a cada estación llego a lugares aun más baldíos, adelante pasa un lento tren de carga sobre las vías hundidas, por donde un perro vaga, árboles abandonados, el llano, matorrales, pastizales muertos, llego por fin y salgo de la estación un pequeño tejado amarillo, afuera ya el sol de podre cae impío sobre los muros y banquetas rotas, el cielo parece no avanzar, aunque a grandes pasos lo escucho fluir sobre mi mente, en mi pensamiento Iztacalco montón de palabras rotas que se pierden en este espacio, prosigo por sus calles sin nombre, llego por fin, Aragón, oculta entre la maleza de concreto, está frente a mí, me detengo un instante, un fuerte viento me saluda como a un viejo enemigo, mientras sigo miro la espalda de una de sus construcciones un cubo gris que intenta gritar,

Dentro no es otro lugar, camino hacia su centro,

El ritmo, misteriosa fuerza de atracción que desata la danza de sus árboles sigilosos, marea tumulto de murmullos en la lejanía, camino frente a una estatua donde un hombre y una mujer se juntan para alcanzar un átomo, mi propia sombra me guía frente a una torre sin rostro, alta y vacía como filos que saltan de la tierra, continúo, busco un edificio en específico, A5, encuentro mi salón en su último piso, afuera de el la encuentro, ahí está ella, solitaria, recargada sobre el barandal de piedra, mirando hacia otro lado, yo me acerco he planeado hablarle, le pregunto su nombre, ella me mira y responde, se que la he visto antes, en cuanto me dice su nombre lo olvido, se que tiene mucho nombres y este es solo uno de sus innumerables rostros, tiene tantos nombres y habita tantos cuerpos, ella a veces regresa, y es cuando las cosas empeoran, pero casi siempre tiene otro nombre, Eloísa, Perséfone, María, Laura, Saraid,..

Caminamos juntos por el árido paisaje, donde corre un rio de viento, ella me escucha y me busca, casi siempre me intenta clavar una espada invisible, pero si toma mi mano, sé que no es ella, su presencia se quiebra como una hoja,

Pasábamos largo tiempo en silencio frente al llano seco y bajo el cielo turbio, Aragón es un lugar lejano, nunca me sentí tan alejado de mi verdadero mundo, nunca estuve tan rodeado y solo, tan asechado por la muerte y tan cerca de sus trampas, en los bares y salones, la muerte oculta, en los centros de convergencia y de divergencia, en los cines y la plazas, impalpables poblaciones del deseo, en los pasillos pocos concurridos y en los jardines, nuestros cuerpos que se tienden sobre la hierba bajo el cielo discreto,

He de escapar del laberinto, de su geometría confusa y enredada, que ata mi conciencia a tú nombre, como único concepto asociado al mundo real, Saraid, eloisalaurapersefonemaria...

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